miércoles, 11 de febrero de 2009

Apología de una ciudad II. El Vedado.

La Habana en agosto de 2004

Terminó de comer. Utilizando el cansancio del viaje como excusa, se encerró en su habitación. En realidad llamarle así no era más que una forma "a la europea" de ponerle nombre a ese habitáculo de dos metros cuadrados, separado del resto de la vivienda por una fina y raída cortina, donde sólo cabía una cama con el colchón repleto de bultos, una silla y dos viejos posters pegados a la pared. Intentó echar una cabezadita. Sin embargo, comenzó a dolerle todo el cuerpo, que ya estaba echando demasiado de menos su cómoda cama al otro lado del Atlántico. ¡Qué pronto se acostumbra una a lo bueno!, pensó.

Salió de casa. Su puerta daba a la vieja cochera de una casona señorial de las tantas que poblaban su barrio. Observó que se habían construido otros dos apartamentos encima del de su vecina. Debían ser sus hijos que se habían "independizado". En total diez apartamentos, uno al lado de otro, uno encima de otro, en el pequeño patio interior junto a la casa que debía estar divida en otros diez apartamentos más. Ésta era la cruda realidad de su ciudad, de su Habana, que veía aumentar su problema de superpoblación año tras año.

Una vez en la calle, intentó caminar sin mirar al suelo, como acostumbraba a hacerlo. Sin embargo, fue misión imposible. Las enormes raíces de los árboles que habían sido plantados en plena acera, pujaban por ver la luz, creando grietas y desniveles a lo largo de todo el camino. Prefirió bajar a la calzada, para no correr el riesgo de tropezar.

Una vez en la Avenida de los Presidentes o G, como se le llamaba habitualmente, pudo ver por fin, a lo lejos, el malecón. Aceleró el paso. José Miguel Gómez, Salvador Allende, Benito Juárez, Simón Bolívar. Sus piernas corrían y su nerviosismo aumentaba. El mar se veía diferente en esta parte del mundo. El mar se veía más hermoso desde el Malecón de La Habana.

Torpemente se encaramó al muro. Había llegado justo a tiempo. El gran astro rojo rozaba ya el horizonte. La melancolía se adueñó de la ciudad. Los ojos se llenaron de lagrimas. Éstos eran los efectos secundarios de presenciar la puesta de sol más bella jamás vista.

2 comentarios:

Aguantando Mecha dijo...

La melancolía, esa eterna compañera, que nos hace sufrir tanto y a la vez nos regala los mejores momentos de nuestra vida, nos desnuda la belleza para que la devoremos.

Esperando el III te envío un beso, Ignacio

Oihana dijo...

Uffff menos mal Ignacio... ya pensé que nadie quería leer un tercer capítulo de la serie más aburrida de la historia... jajajaja.

Qué bonito lo que dices.

Muxus!